
La policía aún no ha capturado a la lacra que cometió el atentado, tengo confianza en que lo encontrarán más temprano que tarde. Pero aunque la identidad del homicida no es clara, algunos miembros de la comunidad y algunos políticos ya extienden el dedo acusador en una dirección muy específica, directa o indirectamente acusan a la comunidad ultraortodoxa, al partido político ultraortodoxo sefaradí Shas y a su líder Eli Ishai. Estas acusaciones me parecen apresuradas e irresponsables, al carecer de datos concretos sobre la identidad del asesino, es evidente que las acusaciones están guíadas por el prejuicio y el odio hacia los ultraortodoxos, que no es menos grave que el prejuicio y el odio hacia los homosexuales. A mí me sorprendería mucho si el asesino es efectivamente ultraortodoxo, ya que los ultraortodxos no suelen portar armas de fuego, los casos más graves de violencia por parte de ultraortodoxos han sido lanzamientos de piedras y quema de tachos de basura. Además, la homofobia está lejos de ser un mal exclusivo de los ultraortodoxos sefaradíes, pudo haber sido un ultraortodoxo ashkenazí, un judío religioso de cualquier otra corriente, un judío laico o alguien perteneciente a cualquier otra religión o grupo sobre los que ningún rabino tiene ninguna influencia y menos aún Eli Ishai.
Es cierto que han habido rabinos ultraortodoxos que han aportado a un clima de hostilidad hacia los homosexuales, tachando su identidad sexual de enfermedad, desviación o perversidad. Es cierto que el Ministro del Interior Eli Ishai intentó evitar las marchas del orgullo gay en las diferentes ciudades del país. Eli Ishai merece ser repudiado por sus dichos y sus actos en contra del colectivo gay y de la libertad de expresión, pero de ahí a acusarlo a ser el responsable de los homicidios cometidos el pasado sábado hay un gran trecho.
Hay quienes comparan este suceso con el asesinato del Primer Ministro Isaac Rabin en 1995. Antes del asesinato había un clima de instigación en su contra por parte de la derecha israelí, que lo acusaba de traidor por los Acuerdos de Oslo que firmó con los palestinos. Dentro de ese clima de instigación actuó Igal Amir cuando apretó el gatillo y le disparó dos balazos. La provocación de la derecha contra Rabin en aquel entonces, es como la provocación de los ultraortodoxos contra los homosexuales hoy en día, el odio de entonces derivó en un asesinato y el de hoy en día también. Los que trazan ese paralelismo se olvidan del shock que fue para la sociedad israelí descubrir quién había sido en realidad el asesino. Cuando llegó la noticia del asesinato, muchos fueron los que intuitivamente dieron por sentado que había sido un terrorista palestino, fue una sorpresa traumática descubrir que el asesinato lo había cometido un judío israelí, "uno de los nuestros". Una de las lecciones del asesinato de Rabin es que el odio y la provocación masiva pueden conducir a que un desquiciado decida matar, pero la otra lección, de la que algunos prefieren olvidarse, es que no hay que apresurarse a juzgar a un grupo entero sin saber siquiera de que lado viene la bala.
Que el recuerdo de las victimas sea bendito. Que no haya más derramamientos de sangre ni odio gratuito. Que esta tragedia nos enseñe a todos los israelíes a ser más tolerantes con quienes son diferentes que nosotros, sin distinción de tendencia sexual ni de tendencia religiosa.
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Realmente ha sido un crímen abominable y el asesino deberá pagar por lo que ha hecho, sea éste ultraordoxo, ashkenazí, sefaradí, palestino, homosexual o lesbiana.
ResponderEliminarMe parece igualmente muy apresurado tachar el asesinato de crímen homofóbico, al no saber todavía quién es el responsable ni cuáles han sido sus motivaciones.
Descansen las víctimas en paz.
Estoy muy de acuerdo contigo.
ResponderEliminarPor favor, arregla el último "no", es "nos".
Saludos.