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martes, 3 de febrero de 2009

David, Goliat y Salomón

Se suele utilizar el episodio bíblico de David y Goliat como alegoría de la lucha entre Israel y los palestinos. Según cuenta el relato en el primer libro de Samuel, David siendo aún un muchacho, armado sólo con una honda y una piedra derribó a Goliat, el guerrero enemigo gigante e invicto. Muchos ven a los palestinos como David, el joven osado que se presenta a la pelea en condición de inferioridad, y a Israel como Goliat, el gigante malvado e engreído, demasiado confiado de su propia superioridad militar. David pequeño y débil, contra Goliat, grande y fuerte. Quienes lo ven de este modo, naturalmente, inclinan su simpatía hacia los palestinos.

Esto no siempre fue así. Por el contrario, durante sus primeros años Israel era visto como David mientras que el mundo árabe representaba a Goliat. Un país diminuto, con unas fronteras casi indefendibles, habitado por un puñado de judíos que incluía a los refugiados del reciente holocausto, rodeado por un mar de países árabes comprometidos a lanzarlos al mar. Cientos de miles resistiendo contra cientos de millones. Entre los líderes judíos sionistas, hubo varios que votaron en contra de declarar la independencia del estado en mayo del 48, siguiendo la recomendación del gobierno de Truman de postponerla, bajo el temor de que el nuevo estado no lograra sobrevivir a sus primeros meses. Se dice que fue David Ben-Gurión, mediante su liderazgo y diligencia, quien consiguió que la independencia se aprobara por un margen estrecho. Al día siguiente de la declaración, cinco países le declararon la guerra, la más larga y sangrienta de la serie de guerras que vendrían después. Israel nació pagando un precio terrible por su derecho a existir.

Los 22 países que forman hoy la Liga Árabe.
No incluye países musulmanes no árabes como Irán o Indonesia.
Área: casi 14 millones de kilómetros cuadrados.
Población: 340 millones de habitantes.
Producto bruto interno: U$S 2.365.000 millones
.

Fue a partir de junio de 1967 cuando la percepción sobre quién es el fuerte y quién el débil cambió. Israel cometió el crimen imperdonable, no sólo ganó la guerra, sino que la ganó de forma tan rápida, aplastante y contundente que esfumó toda imagen de debilidad. Al principio occidente lo recibió con vítores, cuentan quienes eran jóvenes en aquella época, que si viajabas por Europa con una bandera de Israel, en todos lados te recibían como a un héroe, como a David al volver al campamento de Saúl después de derrotar a Goliat. No conozco mejor ejemplo de aquel entusiasmo que el poema de Jorge Luis Borges: Israel. Pero el entusiasmo fue breve, entró en escena un nuevo personaje a quien compadecer, otro que se ganaba su compasión a un costo espantoso: el pueblo palestino. Gaza y Cisjordania ya estaban allí de antes, bajo gobierno de Egipto y Jordania respectivamente, pero no fue hasta que Israel conquistó esos territorios, que el mundo empezó a prestar oídos a la tragedia de sus pobladores.

Cuando se aplica la alegoría de David y Goliat, se deja de lado el resto de la trayectoria bíblica de David. En cierto modo, Israel siempre siguió siendo David, el David que luego se volvió poderoso y expandió sus dominios por medio de la espada, el David cuyo pecado de soberbia y lujuria Dios castigó sobre la carne de sus hijos. Por momentos también hemos sabido ser el su sucesor de David, Salomón, el rey que estuvo dispuesto a ceder parte del territorio conquistado por su padre, el que se concentró en forjar alianzas y afianzar la paz. Así fue cuando aceptamos el plan de partición en 1947, cuando devolvimos el Sinaí a Egipto, cuando firmamos la paz con Jordania y cuando negociamos con Siria o Fatah. Sin embargo, a la hora de alcanzar un acuerdo con Hamás, al parecer carecemos del mítico don del Rey Salomón: la capacidad de entendernos con los animales.