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domingo, 2 de diciembre de 2012

Israelíes que...

Israelíes que te escuchan hablar en español y te preguntan si hablas argentino.

Israelíes que saben que hablas español, te preguntan si eres de España, les dices que no y te quedan mirando confundidos.

Israelíes que te preguntan si todavía tienes familia en España cuando les dices que vienes de Sudamérica.

Israelíes que te miran sorprendidos si dices que eres sudamericano y no sabes bailar salsa.

Israelíes que te miran sorprendidos si dices que creciste en Sudamérica y no veías papagayos todos los días.

Israelí: Trajeron nuevos loros de Brasil al zoológico, a ti seguro que no te llaman la atención, los conoces de allá.
Yo: Claro, los veía cada mañana cuando trepaba al árbol de cocos para el desayuno.

Israelíes que para demostrar que saben de Sudamérica te preguntan si en tu país se habla portugués.

Mujeres israelíes adolescentes que te preguntan si conoces a los actores de Rebelde Way o Casi Ángeles

Mujeres israelíes adultas que todavía saben español de tanto haber visto telenovelas en la adolescencia.

Mozo israelí: ¿Pefiere el plato vegetariano? 
Yo: Soy sudamericano.
Mozo: Ah, perdón, no quería ofender.

Israelíes que llaman sudamericanos a los mexicanos.

Israelí de ascendencia etíope: ¿Hablas mexicano?. 
Yo: ¿Hablas "africano"? 
Israelí-etíope: Pero yo no soy africano.
Yo: Y yo no soy mexicano.

Israelí: ¿Por qué se habla español en sudamérica? 
Yo: Por el mismo motivo que se habla inglés en Estados Unidos.
Israelí: ¿Por qué se habla inglés en Estados Unidos?

Israelíes que te dicen que no eres ashkenazí porque hablas español y, por tanto, eres sefaradí.

Israelíes que te preguntan cómo te llamas, respondes tu nombre de origen hebreo, y luego te preguntan cómo te llamabas antes de hacer aliá.

Israelíes que te preguntan si eres judío porque no naciste en Israel.

Israelíes que no saben qué fue el Caso Dreyfus o la Kristallnacht


Recopilación de tweets. Basados en casos reales que me han pasado a mí o a amigos. La mayoría casos excepcionales de personas sin mucha educación formal, pero alguno que otro también de estudiantes universitarios. Algunos son chistosos, otros preocupantes. A veces pienso que algo muy malo ocurre con el sistema educativo israelí.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Es difícil en Israel

Publicado originalmente en la revista Piedra Libre, enero del 2006.


Es difícil ser amable y educado en Israel
. La gente es agresiva y levanta la voz por cualquier cosa, pretende resolver a los gritos lo que en Uruguay y el resto de América Latina se hace con más calma y respeto, desde pedirle el cambio al taxista hasta resolver los problemas de la política nacional. Dicen que es consecuencia de la vida bajo tensión permanente. Quizás sea simplemente parte de la idiosincrasia israelí. Se hace difícil no contagiarse de esta mala costumbre y poder seguir manteniendo el buen trato con la gente.

Es difícil ser judío laico en Israel. Uno no necesita ir a la escuela judía, a la tnuá o al templo, para seguir siendo judío. Alcanza con levantarse a la mañana para hablar en hebreo, para acordarse de que es shabat, pésaj o iom jol (día no festivo). No hace falta estar con el ojo mirando hacia Sión como dice nuestro himno nacional, puesto que uno ya esta en Sión. Se hace difícil no dejarse llevar por la inercia, poder llevar una vida laica y a la vez comprometida con el judaísmo.

Es difícil ser tolerante en Israel. Ojalá el problema fuera sólo con los palestinos o los árabes israelíes. Pero entre nosotros los judíos, no son pocos los que convencidos de poseer el monopolio de la verdad, se abren paso a empujones para dictarle a los demás como deben pensar y actuar. Tampoco faltan, los que en virtud de poseer tan precioso bien, exigen ser privilegiados con menos obligaciones y más derechos que el resto. Por otro lado, este país posee una diversidad cultural enormemente rica que genera una creación asombrosa, pero esta misma diversidad, muchas veces no muy armoniosa, genera conflictos y rencores. En este contexto se hace muy difícil ser tolerante.

Es difícil ser sionista en Israel. Descubrir que acá en Israel, el país donde deberíamos sentirnos como judíos libres, muchos tienen miedo de subir al ómnibus, de ir a la feria o a un pub. Descubrir que esa libertad, a diferencia de lo que piensan quienes afirman que el sionismo cumplió su principal función con la creación del Estado de Israel en 1948, aún exige el sacrificio de mucha de nuestra sangre, y quizás peor aún, exige ensuciar nuestras manos con sangre ajena. Se hace difícil ser sionista para un olé jadsah, que ve como cada vez son mas los ielidei haaretz (nacidos en Israel) que agotados de esta realidad, prefieren antes que aceptar el desafío, escaparse a la relativa tranquilidad de Estados Unidos, Europa occidental o Australia, y dedicarse a hacer dinero.

Es difícil ser de izquierda en Israel. En ambos sentidos de la palabra. Abrimos los diarios, no menos tendenciosos que la prensa internacional a la que criticamos tanto, y nos desayunamos con las fotos del atentado en Natania o los misiles Kasam que cada día se acercan más a Ashkelon. Cómo no clamar venganza, como lograr que la razón triunfe sobre nuestros sentimientos. Por otro lado, cómo no desanimarse cuando en el país que en pasadas décadas era ejemplo de igualdad social, hay cada vez más niños hambrientos, y de a poco, van apareciendo incluso niños que piden monedas en los semáforos, recordándonos cada vez más, aquello que creímos dejar atrás en el aeropuerto de Carrasco en Montevideo. En las últimas semanas, por fin suenan con fuerza alentadoras señales de alarma ante el fenómeno. Pero se hace difícil prestarle la constante atención que dicho fenómeno merece, cuando cada atentado nos recuerda que todavía debemos invertir nuestras mayores energías en el que sigue siendo nuestro principal problema. Por suerte, hoy en día, gracias a la adopción de las ideas políticas de la izquierda por la gran mayoría de la sociedad y su puesta en práctica con la Inatkut (Desconexión de la Franja de Gaza), luego de tantos años de atascamiento, al menos volvemos a tener la esperanza que el conflicto pueda ser solucionado al corto plazo. Esto traería una mejora en la economía que se podría orientar al bienestar social en lugar de a la defensa.

Es difícil en Israel. Pero tengo esperanzas de que vengan tiempos mejores, que este se convierta en el país civilizado, judío, libre, democrático, tolerante, pacífico e igualitario con el que soñaron los jalutzim (los pioneros de las primeras olas inmigratorias). Tengo esperanzas de que los vientos de idealismo que hicieron florecer al desierto y levantaron un magnifico país en pocas décadas, vuelvan a hacer flamear nuestra bandera. Nuestro pueblo nunca ha perdido la esperanza y yo no voy a perderla tampoco. Pues por más difícil que sea, como dice la conocida canción: ein li eretz ajeret, gam kshe admati boeret - no tengo otra patria, aún cuando mi tierra arde…


5 años después:
* Todos esos puntos siguen vigentes, pero con el tiempo uno aprende a convivir con la mayoría de ellos. Por supuesto, hay otras cosas buenas también. Me sorprende cuán negativo fui, no se puede decir que hoy sea más optimista pero tampoco veo las cosas tan grises.
* Hasta ahora parece ser que la itnatkut acabó siendo para peor.
* Con todo, en los últimos dos años ha disminuido la violencia, han habido ciertas mejoras.
* Sí tengo otra patria, pero el final quedaba más poético así.
* Como dice el dicho popular: muchas aguas pasaron por el Yarkón.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Lengua común

Volvíamos a casa tras una agotadora jornada de servicio en la base militar, mi amigo y yo charlábamos apasiblemente en nuestra lengua madre, mientras esperábamos de a pie cerca de la puerta de descenso, que el ómnibus nos dejara en nuestras respectivas paradas. De pronto se nos acerca un hombre de unos cincuenta años e interrumpiendo el hilo de nuestra conversación, nos pregunta en el mismo idioma:

- ¿Están en la sabá?

Al instante mi amigo y yo nos miramos el uno al otro con gesto de sorpresa, esbozando una sonrisa cómplice, reconociendo cada uno en la expresión del otro las mismas inmediatas reflexiones: qué manera tan brusca y poco educada de irrumpir en una conversación entre dos desconocidos, qué modo más chistoso (típico de hispanoparlantes) de pronunciar la palabra tzavá (ejército). Pero sobre todo: qué pregunta retórica tan tonta, ambos vestíamos de uniforme militar y la respuesta saltaba a la vista, lo mismo hubiera sido preguntarnos si teníamos dos ojos y una nariz. Mi amigo, más paciente que yo, le respondió afirmativamente y luego continuó respondiendo al consiguiente interrogatorio: cuánto tiempo llevábamos en servicio, en qué unidad, bla bla bla. Por suerte mi parada era la siguiente.

El hombre del ejemplo relatado fue un tanto fastidioso por el modo en que estableció el contacto, pero dejando eso de lado, es fácil entender su motivación e identificarse con él. Qué inmigrante - o incluso qué turista - no ha sentido ese impulso de comunicarse con un total desconocido al que se oye hablando el idioma propio en un país donde todos hablan otra lengua. Por más que nunca lo hayas visto antes, sabes enseguida que tienes con esa persona mucho en común: un idioma, quizás una cultura. Claro que después de unos años te acostumbras, aquí no es raro toparse casi a diario con alguien hablando español por la calle o en el ómnibus, llega un momento que ya no les prestas demasiada atención. Hasta que vuelves de visita a Sudamérica y te ocurre exactamente lo inverso.

La primera y única vez que escuché una conversación en hebreo durante mi reciente viaje, tuve la necesidad imperiosa de participar de la misma sin ser invitado. Llevaba más de un mes fuera de Israel, viajaba en el ómnibus de Buenos Aires yendo de Recoleta camino a San Telmo, cuando escuché a dos israelíes charlando a mis espaldas sobre los precios de los boletos de Iguazú a Capital. Obviamente me di vuelta y sin previo aviso ni formal presentación, les pedí que me aclararan los precios de nuevo como si no los hubiera oído bien, tan emocionado estaba que se me trababan las palabras, tantos años de práctica se fueron al garete, volvía a halar como olé jadash recién aterrizado. No importa, igual no tenía ningún interés en sacar pasaje a las cataratas.

Una nueva oportunidad se me presentó al día siguiente en el puerto, el barco de regreso a Uruguay llevaba casi tres horas de retraso por motivos climáticos. Por fin llamaron a abordar y los pasajeros nos paramos en fila, pero la espera continuaba, parecía interminable. A mi lado en la fila había un judío ultra-ortodoxo, por el tipo de sobrero negro creo que era de Jabad Lubabich. Lógicamente, algo de hebreo debía saber. Pero no me dio tiempo de indagarlo porque sacó su sidur y comenzó a rezar, no me atreví a interrumpirlo. Estuve tentado a decirle que ya que rezaba, por qué mejor no recitaba la tfilat haderej (plegaria del camino), a ver si Dios se apiadaba de nosotros y nos permitía partir. Pero no se lo dije. Al poco tiempo pudimos subir al barco, no fue necesario que el Río de la Plata se partiera en dos, zarpamos sin evidencias de intervención divina.

Llegada al puerto de Colonia, Uruguay.

jueves, 11 de febrero de 2010

De acentos y de afectos

Las personas con las que aquí suelo hablar en español viven en Israel desde hace años y dominan el hebreo, así que naturalmente hablamos mezclado, la mayor parte del vocabulario en español con más o menos un 5 a 10% de hebreo (depende con quién). Cuando hablo en español con alguien que no sabe hebreo, tengo que realizar un pequeño esfuerzo para que no se me escapen esas palabras hebreas que ya me son tan naturales. Pasa lo mismo con todos los inmigrantes, quién no ha escuchado en el ómnibus una conversación en ruso o algún otro idioma ignorado, suena como un mar de verborragia ininteligible, no se entiende ni una sola palabra hasta que asoman como islas "tajana merkazit" (estación central), "ulai" (tal vez), "ma pitom" (cómo así), la muletilla "keilu" y el intraducible e imprescindible "stam". En otra época también era frecuente el "jefetz jashud" (objeto sospechoso), pero felizmente hace tiempo que la amenaza de los atentados con explosivos ya no es tan cotidiana.

No sólo absorvemos nuevas palabras, sino también nuevos acentos. No se me ha pegado el chistoso acento israelí al pronunciar mi lengua madre, pero sí el de mis amigos hispanoparlantes de otras regiones, concretamente de la República Argentina, la ciudad de Buenos Aires para más detalles. Cuando estuve en Uruguay mis amigos me tomaban el pelo merecidamente diciéndome que hablaba como porteño. Qué bochorno.

Me causa un nostálgico y agridulce placer escuchar el español hablado por uruguayos cuyo acento y cuyos modismos no hayan sido "contaminados" con los de otras partes, mejor todavía si no saben ni una sola palabra de hebreo. Es como escuchar cantar a Jaime Ross o al Negro Rada. Ya ni me hace falta que canten, cuando te alejas lo suficiente aprendes a disfrutar la melodía del hablar más simple.




Ahora estoy también en twitter. Como decía el Chapulín, síganme los buenos.

sábado, 1 de agosto de 2009

Y se hizo la luz

Cuando vine de viaje a Israel por primera vez hubo varias cosas que me sorprendieron y me llamaron la atención. Pero por esta vez no hablo de aquellas grandes cosas que atraen o alejan al turista, exóticas, altisonantes, terribles o esplendorosas. No me refiero a los paisajes naturales, como el amanecer en el desierto, la luz del sol naciente reflejándose en las montañas jordanas hasta teñirlas de azul. Tampoco a los edificios históricos y a las grandes casas de culto, como el majestuoso Domo de la Roca con su cúpula dorada en Jerusalén, o el Templo Bahai con sus armoniosos jardines que descienden por la montaña en Haifa. Tampoco a esa vistosa mezcla humana, los distintos grupos paseándose vestidos en sus extravagantes atuendos, la cantidad tristemente alta de personas armadas que se ve por las calles.

Me refiero a esas pequeñas cosas, esos detalles cotidianos, detalles que después de vivir unos pocos años en Israel ya se me habían hecho tan corrientes y familiares, que me había olvidado de cuanto me habían sorprendido al principio. Hace poco me encontré con algunos turistas que llegaban a Israel por primera vez y me recordaron algunos ejemplos:

1. La costumbre de cenar a las seis o siete de la tarde.

2.
El hecho de que el falafel en pan de pita tiene un gusto un poco diferente con cada mordizco, porque cada vez los dientes apresan una combinación distinta de falafel con partes diferentes de la ensalada y demás agregados.

3.
Los jardines públicos en una zona tan árida. Las mangueras con esos pequeños adminículos que vierten agua de a cuentagotas a cada planta por separado, para permitir que existan esos jardines sin que se desperdicie el agua escaza.

4.
Las dos palancas distintas para hacer bajar el agua por el inodoro. Una que tira poca agua y se usa después de orinar y otra que tira más y se usa después de defecar. De esta manera se ahorra muchísima agua, al no usar más agua que la necesaria según cada acción.

5.
Y mi favorito: el interruptor para prender y apagar la luz que se encuentra siempre afuera del cuarto de baño y no adentro. Ahora que lo vuelvo a pensar, este asunto sigue siendo un misterio para mí. ¿Acaso en Israel no hay niños traviesos que aprovechen la oportunidad de apagarle la luz a los mayores, cada vez que estos están felizmente sentados sobre el inodoro con los pantalones por los tobillos? Un amigo mío decía "En Israel encontré la luz. Estaba afuera del baño." Sobre este tema yo sigo a oscuras, pero hace tiempo que aprendí a buscar el interruptor en forma automática e inconsciente fuera del baño, antes de entrar a descargar el falafel y jalar la palanca correspondiente.

martes, 19 de mayo de 2009

Génesis

Llegué a Israel a principios del 2003, durante la ola inmigratoria de judíos argentinos y uruguayos del 2002-2003, la que siguió a la crisis económica que dejó a Argentina en la bancarrota y arrastró consigo a Uruguay. En el Río de la Plata eran los tiempos aún marcados por el corralito bancario, la huida en helicóptero de Ferando de la Rúa y el llanto de Jorge Batlle. En Israel Ariel Sharón acababa de ser reelecto. En Irak estaba por comenzar la guerra. Se temía que Saddam Hussein reaccionara a la invasión norteamericana lanzando misiles a Israel, tal como lo había hecho hacía doce años, durante la Operación Tormenta del Desierto. Por las dudas, el ejército repartía máscaras antigas a la población, aún conservo la mía.

Mi plan era pasar los primeros cinco meses en un kibutz haciendo lo que se llama ulpán kibutz, consistía en estudiar hebreo tres días a la semana y trabajar otros tres. Llegué a la mañana al aeropuerto y después de los primeros trámites de inmigración, me subí a un transporte que fue repartiendo por los distintos puntos del país a los olim que llegamos en ese vuelo. Después de varias horas era el último pasajero, sólo entonces el chofer me hizo notar que yo no sabía la dirección a la que debía llegar, había dos kibutzim distintos con nombres casi idénticos ubicados uno al lado del otro, no tenía la menor idea cuál era el mío, el chofer se dirigió a uno de los dos al azar. Ya era de noche y llovía torrencialmente, fue una suerte encontrar a alguien al aire libre a quien preguntarle, por pura casualidad resultó que estaba en el kibutz correcto. También por casualidad, me encontré con otro olé uruguayo llegado un par de meses atrás, justo era él quien guardaba las llaves de las habitaciones para los ulpanistas. Fuimos un rato al pub del kibutz y tomamos algo. Volví al edificio que estaba casi vacío y pasé mi primera noche en aquella habitación de paredes blancas, sucias y mal decoradas.

Las clases iban a empezar una semana más tarde de lo programado, así que la primera semana sólo hicimos trámites y trabajamos. A mí y a un olé de Turquía nos enviaron a una sección que se encargaba de preparar DVDs para la distribución mediante máquinas expendedoras fabricadas por el kibutz. Nuestra principal tarea era colocar etiquetas con el código de barras correspondiente a DVDs de películas pornográficas con títulos al estilo de "Colegialas traviesas 4", "Aventura anal 17" o "Sexo en familia 22". Después de superada la sorpresa inicial resultaba algo monótono y aburrido, pero en realidad no habría sido un mal trabajo sino fuera por el mal ambiente laboral. Los kibutznikim israelíes que trabajaban allí, acostumbrados a los olim y voluntarios reemplazados con mucha frecuencia, no tenían el más mínimo interés por establecer con nosotros ningún vínculo social, ignoraban por completo cualquier intento por nuestra parte de practicar la comunicación más elemental. En una ocasión uno de los israelíes llegó a la mañana, saludó personalmente y les deseó los buenos días a todos los presentes uno por uno, menos al turco y a mí, como si fuéramos invisibles. Si hubiéramos sido chicas probablemente hubiera sido diferente, pero al parecer ni el turco ni yo eramos especialmente atractivas. La casi única persona que se comportaba con amabilidad y educación era la jefa, quizás porque ella también era inmigrante, había llegado treinta años antes desde Irán.

La comunicación con el turco no era mucho menos complicada. Yo llegué sabiendo suficiente hebreo como para mantener conversaciones sencillas, pero él sólo sabía palabras aisladas. Él también conocía algunas palabras en español gracias a que sabía algo de ladino, pero no lograba formar oraciones completas y coherentes. Su inglés tampoco era la gran cosa y yo no hablaba nada de turco. Tenía la costumbre de repetir decenas de veces seguidas en voz alta cada palabra nueva que aprendía en hebreo o en español. Sus esfuerzos por aprender ambos idiomas en paralelo eran admirables, pero escuchar sus repeticiones durante horas me daba ganas de lanzarle cajas de DVD por la cabeza. Más adelante le tomé cariño, pero al principio no podía soportarlo.

Para colmo, hasta el clima parecía estar en mi contra. La lluvia es una bendición escaza en esta tierra, pero aquel invierno fue particularmente lluvioso. Si mi memoria no me engaña, el cielo estuvo teñido de gris toda la semana. Entre el cielo gris, las paredes blancas y las personas opacas, me sentía más solo que Adán antes de Eva. Pero de a poco fueron llegando los demás ulpanistas, en su mayoría hispanoparlantes, luego empezaron las clases y cambié de trabajo. A pesar de las dificultades de los primeros días y algunos tropiezos posteriores, hoy miro con nostalgia hacia a esos primeros cinco meses y en conjunto los recuerdo como una época feliz.

jueves, 7 de mayo de 2009

Lost in Translation

Una inmigrante rusa viaja cómodamente en un ómnibus, el ómnibus llega a su parada, pero por algún motivo la puerta no se abre. La rusa muy impaciente e irritada le grita al conductor: "chofer: ábrame por detrás".

La gracia de este viejo chiste consiste en el error lingüístico de la inmigrante que aún no domina el idioma. "Ábrame atrás" (tiftaj li ajora) y "Abrame por detrás" (tiftaj oti meajora), se dice muy parecido, pero en este contexto la diferencia de significado no es muy sutil que digamos. Lo más divertido es cuando este tipo de deslices ocurren de verdad, y en un país con un alto porcentaje de inmigrantes las oportunidades no faltan. Aquí les dejo algunos ejemplos, uno que me ocurrió a mí y otros que les ocurrieron a amigos y conocidos de habla hispana que también residen en Israel.

1. Le pregunté a una chica si estaba esperando a su "príncipe azul". La chica entendió que le estaba haciendo algún tipo de propuesta indecente, resulta que en Israel el color azul está fuertemente asociado con la pornografía, a las películas pornográficas se las denomina películas azules (sratim kjulim), de las personas que se pasan todo el día pensando en el sexo se dice que tienen la cabeza azul (rosh kajol). Si bien yo ya conocía esta curiosidad, no sabía que la cosa iba para tanto, no me imaginé que el asunto abarcaba hasta el mismísmo reino de las hadas. Resulta que para referirme al "prince charming", en hebreo tengo que llamarlo por su largo y engorroso nombre completo: "el príncipe sobre el caballo blanco" (hanasij al hasus halabán). Este episodio me dejó con muchas interrogantes: ¿por qué los príncipes azules son azules y no príncipes violetas o príncipes amarillo patito? ¿de qué color era realmente la caperuza de la así llamada caperucita roja? ¿eran Ruben Darío y George Gershwin unos degenerados, o es que no podían inventarse títulos más creativos para sus obras?

2. Una chica que trabajaba en una cafetería, atendía a un cliente cuyo café se había enfriado, ella intentó preguntarle al cliente si "quieres que te lo caliente" (atá rotzé sheaní ejamem lejá), pero en realidad le preguntó si "quieres que te caliente a ti" (atá rotzé sheaní ejamem otjá). El cliente la miró con una mirada pícara como sopesando la oferta, ella no entendía por qué el cliente no respondía ni por qué sus compañeros de trabajo habían estallado en carcajadas. Al final uno de los compañeros le explicó el error, la chica se corrigió y el cliente tuvo que conformarse con su café recalentado.

3. Un mozo en un restaurante se acercó a la mesa de una pareja de adultos mayores que ya habían acabado de comer, con la intención de preguntarles si podía retirar la mesa (efsher lefanot), pero en cambio les preguntó si podía hacerles cariñitos (efshar lefanek). Daría un ojo de la cara por haber visto la expresión facial de los comensales, me los imagino consultando escépticos el menú del restaurante.

4. El premio mayor se lo lleva mi amigo JFK. Él siempre tan generoso, contó con orgullo que había firmado para hacer una donación a personas que padecen de ceguera (truma leiverim), y que como reconocimiento le habían hecho entrega de una bonita tarjeta. Otro amigo hizo el bien de sacarlo de su error, explicándole que había firmado para la donación de órganos (trumat eibarim) y la tarjeta que recibió no era otra cosa que el carnet de donante de órganos, que en caso de fallecimiento habilita a las autoridades de la salud a donar sus órganos sin tener que pedir permiso a la familia primero. Menos mal que mi amigo tampoco tiene inconveniente en firmar como donante de órganos, probablemente lo hubiese hecho de todos modos, yo le digo que mejor done los globos oculares y así mata dos pájaros de un tiro. A él le dedico el siguiente video de los Monty Python:



Por último quería advertir que si alguno de ustedes se llama Germán, por lo que más quiera, antes de viajar a Israel cámbiese el nombre o adopte un apodo.

lunes, 4 de mayo de 2009

Discriminación racial en Israel

Los lectores habituales del blog habrán oído hablar de la segunda Cumbre de Durbán, otro evento internacional más que tendría que haber sido dedicado a la lucha contra el racismo, convertido en un circo antisemita bajo el auspicio de las Naciones Unidas. Es que cada tanto viene bien que los delegados de los países miembros, se reúnan a confirmar que todo el racismo del mundo se engendra y se concentra exclusivamente en Israel. Curiosamente, un día antes o después de la cumbre, me encontré con una prueba tajante de que el Presidente de Irán tiene toda la razón, Israel es de verdad el país más racista del mundo. Vean este claro ejemplo de discriminación racial...


...positiva. El ómnibus de la foto lleva el cartel de una nueva campaña publicitaria que promociona las becas de estudio a cuenta del estado, para los ciudadanos de origen etíope de hasta 28 años de edad.

Israel es el único país del mundo que ha incentivado y financiado la inmigración de personas de piel negra a su territorio (judíos, obviamente). Con pagarles el pasaje desde Etiopía no basta, para que se integren realmente a la sociedad israelí, en lugar de transformarse en una capa de inmigrantes marginados como los africanos en Europa, es necesario otorgarles ciertos beneficios extras por sobre el resto de la población. Entre estos beneficios se cuenta la posibilidad de estudiar gratuitamente en los mejores centros de estudios terciarios y universitarios del país, puesto que sin acceso igualitario a la educación no existe la igualdad social. Para los etíopes, la adaptación al país es mucho más difícil que para los inmigrantes de otras procedencias, debido a que la distancia cultural entre Israel y Etiopía es mucho mayor que entre - por ejemplo - Israel y Rusia, o Israel y Latinoamérica. En concordancia, los etíopes también reciben mayores beneficios que el resto de los olim. La diferencia más importante es que en el caso de los etíopes, también reciben ayudas los hijos de los inmigrantes aunque hayan nacido en Israel, hablen el hebreo desde la más tierna infancia y hayan estudiado la primaria y la secundaria aquí.

Por supuesto, los etíopes tampoco están por completo al resguardo de la discriminación negativa, aunque sean infrecuentes, hay cada tanto algunos incidentes que salen en la prensa. El último que recuerdo haber leído, también está relacionado con el medio de transporte colectivo. Un chofer insultó a un pasajero etíope llamándole "etíope apestoso" o algo por el estilo. El pasajero demandó a la compañía de ómnibus, la corte falló a su favor y condenó a la compañía a pagarle cien mil shekels de indemnización (18 mil euros apróx).

Más de uno pensará: "un momento, quizás no discriminan tanto según el color de piel, pero qué hay de los árabes". Sé que también existan becas para estudiantes de zonas periféricas de las que se benefician muchos árabes, y según lo que he visto personalmente, hay una cantidad notoria de estudiantes árabes en las universidades. No sé si esta cantidad se corresponde con su proporción en la población, sospecho que no. En parte porque de verdad reciben un trato desigual, y en parte porque en muchas familias árabes aún se ve con malos ojos que las mujeres vayan a la universidad. En Israel la discriminación por motivos de etnia, religión o género está lejos de ser un mal ajeno, que lo mismo se pueda decir de cualquier otro país no es consuelo. La realidad está lejísimos de esa imagen demonizada que transmiten a cada oportunidad algunos personajes enfermos hasta la médula de ese mismo mal que denuncian, lo cual no quita que haya muchísimo por mejorar.


Véase en Sobre Israel opinamos todos.
Acerca de la Cumbre de Durbán:
* Subestimados y subestimadores
* La virginidad y el burdel
* Contra Durban, Eurovisión
Otro caso de discriminación sancionada:
* Israel (también) defiende a Mahoma

lunes, 1 de diciembre de 2008

Su fama lo precede

En 1953 se estrenó en el prestigioso teatro de Tel Aviv, Habima, la primera obra de teatro del gran humorista israelí, Efraim Kishón, titulada "Su fama lo precede". 55 años más tarde, a poco más de tres años de la muerte del drmaturgo, el elenco de otro de los principales tetaros de Tel Aviv, Hacameri, vuelve a subirla a escena. Esta sátira mordaz a la burocracia israelí, sigue siendo tan cómica y tan actual como el primer día, si no más.

Zvi Frochkin, un olé jadash (nuevo inmigrante) recién desembarcado, se hospeda en la casa de un primo suyo, que habían inmigrado años antes. La mujer del primo, a quien no le place tener que hospedar al inmigrante quiere quitárselo de encima cuanto antes, consiguiéndole un empleo a toda costa. La pareja convence a Zvi de presentarse como candidato a un puesto de ingeniero en una importante oficina gubernamental, a pesar de que no es ingeniero, ni cuenta con ninguna de las cualifacaciones mínimas requeridas para el empleo. Incluso, Itzjak Lebanón, un viejo desempleado, inquilino en la casa de la pareja es forzado por la mujer a ayudar, redactanto una pomposa y altisonante nota de recomedación firmada a su nombre.

Una serie de confuciones hace creer al director general de la oficina que la nota de recomendación procede de un influyente miembro de un partido político, por lo que termina cediéndole su propio puesto. Con menos de dos semanas en el país, sin dominar del todo el idioma ni los usos y costumbres de su nueva patria, Zvi se ve forzador a lidiar con la dirección de una oficina hundida en un caos burocrático. Al menos contará con la ayuda y la sabia guía de la única funcionaria honesta y eficiente, la empleada encargada de servir el té. Cuando, contra todo pronóstico, Zvi quita a la oficina de su estancamiento y empieza a dar servicios al público, los administradores anteriores deciden hacer todo lo que esté a su alcance para revertir la situación y volver a tomar las riendas del asunto.

Uno de los motivos de la obra, recurrente en otras obras de Kishón, es el inmigrante que llega a la tierra prometida y descubre que no todo aquí es oro, leche y miel, cosa que Kishón, inmigrante húngaro, vivió en carne propia. Si bien el en ese aspecto la obra tiene un tinte muy local, el lector o espectador extranjero puede sentirse identificado con el tema universal del choque entre el idealismo y la realidad. Por supuesto, el exceso de burocracia y la corrupción gubernamental tampoco son exclusividad del Israel de los años cincuenta. Es triste ver que poco ha cambiado en más de medio siglo, como las prácticas que denuncia la obra se siguen llevando a cabo de una forma u otra. Por otro lado, me parece que hoy en día es mucho más difícil cometer un acto de corrupción y quedar impune, ni siquiera el Primer Ministro está a salvo.

Sobre Efraim Kishón nos dice la wikipedia:

Nacido en Budapest, Hungría, en 1924, fallecido en Suiza en el 2005; escritor, humorista satírico, dramaturgo y cineasta israelí. Fue el primer director de cine israelí cuyas películas fueron nominadas al Óscar y el único cuyas películas ganaron el Glogo de Oro (Sallah Shabati en 1965 y Ha-Shoter Azulai en 1972).

viernes, 21 de noviembre de 2008

¡Spasiva!

Está mañana me encontré con un post de mi amigo Ariel que habla sobre la inmigración rusa a Israel y sus dificultades de absorción a la sociedad israelí. Mi amigo percibe a la aliá rusa de manera bastante negativa, visión que no comparto y que paso a comentar.

Empecemos por precisar algunos datos. Cuando hablamos de "los rusos" en Israel, ya estamos cometiendo la primera generalización. La gran ola inmigratoria de los años noventa, tras la caída del muro de Berlín, no vino sólo de Rusia, sino de todos los países detrás de la cortina de hierro, los rusos son la mayoría, pero hay también una respetable cantidad de ucranianos, georgianos, lituanos, bielorrusos, moldavos, uzbekiztaníes, kazajastaníes y demás. Como uruguayo que tiene que sufrir que en Israel lo llamen argentino, lo mínimo que puedo hacer es mencionar la distinción. Contando a los pocos miles que habían llegado en las tres décadas anteriores y a los que siguen llegando en esta década, se habla de al rededor de 1.200.000 personas, que en un total de 7 y poco millones de habitantes en Israel (sin contar a los árabes de Cisjordania), son aproximadamente un sexto de la población del país.

Lo que cuenta mi amigo, es en parte cierto, siendo tantos tienen la ventaja de poder manejarse en su propio idioma, que de facto se ha convertido en la tercera lengua del país, luego de las dos lenguas oficiales, el hebreo y el árabe. Es cierto que tienen sus propios supermercados, periódicos, una emisora de televisión y un partido político. Es cierto que quienes así lo deseen pueden quedarse en esa especie de "gueto" cultural y que algunos de ellos así lo hacen. Pero entre los inmigrantes jóvenes buena parte se adapta al país con relativo éxito, estudian en la escuela con los demás israelíes, sirven juntos en el ejército, estudian juntos en la universidad y se integran al mismo mercado laboral. Su supuesto gueto tampoco está herméticamente cerrado a los demás israelíes, el partido político ruso Israel Beiteinu tiene varios miembros y muchos votantes que no son de origen soviético, en su cadena de televisión van a entrevistarse políticos que no hablan el ruso y en sus tiendas, quien les habla, como muchos otros sudamericanos laicos, va a comprar los mejores fiambres disponibles en Israel.

Sobre las tendencias políticas de los inmigrantes de la ex-Urss, Ariel también generaliza y exagera. Es cierto que hay muchos que apuntan hacia la extrema derecha, pero no todos. Hace unos años, tuve la oportunidad de preguntarle el por qué a Roman Bronfman, un inmigrante ucraniano, ex-miembro del parlamento por el partido de izquierda Meretz. Al parecer es algo que tiene que ver con la educación recibida en la Rusia soviética, pero no necesariamente en Ucrania. También es una burda y errónea generalización decir que todos los rusos carecen de apego por la cultura y la tradición judía. Es cierto que tras décadas de casi forzado laicisismo soviético el lazo con la identidad judía se fue diluyendo, pero como en todos los demás grupos, el nivel de acercamiento a la cultura judía con el que llegan a Israel, y sobre todo el que van adquiriendo una vez llegados, varía muchísimo.

El post comentado está ilustrado con las imágenes de Arkadi Gaidamak y Avigdor Lieberman. Gaidamak es un empresario requerido en Francia por tráfico de armas que hizo un intento fallido de abrirse camino en la política israelí al estilo de Silvio Berlusconi, a fuerza de dinero, comprando un cuadro de fútbol, una emisora de radio, un hospital y demás. Avigdor Lieberman es un político racista y fascista que me avergüenzo de tener por compatriota. Estos dos engendros son muy vistosos y hacen mucho ruido en los medios, pero me parece injusto colocarlos como representates de aliá rusa. ¿Qué hay de los deportistas que representaron a Israel en lo últimos juegos olímpicos? ¿De los músicos, bailarines y artistas de la misma procedencia?

Lo que más me sorprendió del post en cuestión es la idealización de la aliá en general en comparación con la aliá rusa. Los rusos no son los que más difícil se les hace la adaptación, sino los etíopes que vienen de una zona culturalmente muchísimo más distante de Israel que Rusia. De todas las olas de inmigración, hasta donde sé, la que tuvo un mayor porcentaje de inmigrantes que se volvieron a su país, no fue la rusa, sino la ola argentina del 2001 al 2003. Tras décadas de la inmigración de los judíos de Marruecos y el Yemen a las que Ariel se refiere, aún persisten las tensiones entre los así llamados mizrajíes y los ashkenazíes, los ashkenazíes siguen disfrutando de una posición dominante en lo socioeconómico y en las esferas del poder político, por lo que no se puede decir que la integración haya sido completa. El proceso de integración es muy lento y puede llevar generaciones, yo recomendaría no apresurarse a juzgar los resultados de aliá rusa de manera tan negativa.

Ariel da a entender que antes de que llegaron los olim de la ex-uRss, la aliá a Israel era por motivos ideológicos. Pero lo cierto es que la aliá ideológica siempre fue una diminuta minoría, desde finales del siglo XIX en adelante los judíos han llegado a Israel escapándose de las persecuciones y del hambre, tal como lo predijo Teodro Hertzel, el fundador del Movimiento Sionista. Para darle refugio a esos judíos, fue que Hertzel ideó el Estado Judío. Si a alguien le preocupa la causa sionista, debería agradecer a la aliá de los noventas que mantuvo el balance demográfico entre judíos y árabes, y ayuda a que Israel siga siendo un estado judío y democrático.