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jueves, 15 de julio de 2010

Elogio a la celeste desde Mea Shearim

Menos mal que Uruguay no salió campeón del mundo. Siguiendo la moda impulsada por Diego Maradona y Larissa Riquelme, había prometido que si Uruguay ganaba el Mundial de Sudafrica, saldría a correr desnudo por las calles de Mea Shearim. Lo había dicho en broma cuando la victoria uruguaya perecía completamente inaccesible, cuando todavía dudaba que la celeste fuera a superar la primera fase, suponía que como mucho a duras penas llegaríamos a octavos de final como en Italia 90. No contaba con que Luis Suárez y Diego Forlán hicieran peligrar mi vida de tal manera. Al pasar la fase inicial invictos y con el arco de Fernando Muslera sin vulnerar, tras golear a la selección locataria, todavía no empezaba a temer. Recién en el partido contra Ghana, sentí la mano de Suárez - que no la de Dios - señalándome con el dedo: "para vos Ruben, que no creías en nosotros". Pero no fue hasta el penal de Sebastián Abreu, cuando comprendí qué locura había prometido. Tuve que lajzor vitshuvá, "volver a la respuesta", a la certeza de que Uruguay es el mejor equipo de fútbol de América y uno de los cuatro mejores del mundo. Qué cerquita estuvimos de empatar contra alemanes y holandeses, qué cerquita del podio.

Mea Shearim es uno de los barrios ultra-ortodoxos más antiguos y renombrados de Jerusalén. A la entrada hay un cartel que advierte: "respete la santidad de nuestro barrio vistiendo modestamente". Quien viola la norma establecida que se atenga a las consecuencias. No hace falta andar desnudo, o con las nalgas medio al descubierto como Sasha Baron Cohen en la película "Bruno", para sufrir las represalias. Si eres mujer, exhibir las rodillas o los hombros puede costarte un pañal lleno de caca en la cabeza. Con el alto promedio de hijos por mujer entre los ultra-ortodoxos, los pañales cagados son una munición que nunca se agota. De todos modos, si entras "mal vestida" y sales sin más daños que un poco de mierda tiñendo tus cabellos, puedes considerarte afortunada: al menos no te han apedreado. No recuerdo ningún versículo de la Torá que establezca semejantes castigos para el horrible delito de vestirse cómodamente en verano (con el espantoso agravante de haber nacido mujer), pero cuidado: la religión llevada al extremo suele causar comportamientos tan irracionales como violentos.

Bueno, mejor volvamos al fútbol, que si la religión es el opio de los pueblos, el fútbol es la heroína. Desde Jerusalén me sumo a todos los uruguayos dispersos por el mundo y le rindo homenaje al glorioso plantel del maestro Óscar Tabarez: ¡gracias por esta alegría! ¡Vamo arriba la celeste, la de ayer y la de hoy! Y también la de mañana, espero que Uruguay haya vuelto a la élite del fútbol mundial para permanecer allí por muchos años más. En fin, para el 2014 mejor no correr riesgos con promesas incautas.

lunes, 19 de abril de 2010

Qué significa para ti el pueblo judío

Viernes a la tarde, cena de shabat en Jerusalén. Unos veinte o treinta estudiantes judíos sentados a la mesa, algunos nacidos en Israel, otros inmigrantes llegados hace más o menos años, turistas que se encuentran de paso y un rabino de Estados Unidos, sheliaj (enviado) de Jabad Lubavitch. En las pausas entre la comida, las canciones de shabat y las bendiciones, suenan en simultáneo conversaciones en hebreo, inglés, ruso, francés y español. El rabino pide la palabra y comienza su "dvar torá" (como un sermón, pero más corto e informal), nos habla de qué es el pueblo judío. No le presto mucha atención, probablemente algún cuento con moraleja como de costumbre, quizás sobre el Rebe. Su hebreo balbuceante se me hace difícil de seguir, las francesas sentadas frente a mí son más llamativas. Para concluir el jabadnik pide a los presentes que expresen qué significa para cada uno el pueblo judío. Un israelí cuenta acerca de un encuentro fortuito e inesperado que tuvo con otros judíos en un paraje aislado de la India, ese sentimiento fraternal que te invade cuando te encuentras con uno de los tuyos allí dónde menos lo esperas. Mientras los demás comensales cuentan en ronda historias similares, mi turno se va acercando y yo revuelvo mi cabeza en busca de una respuesta adecuada. Llegado el momento enuncio el siguiente relato:

Érase una pequeña ciudad de unos veinte mil habitantes en el interior de un país sudamericano. En el centro de la ciudad la plaza, alrededor de la plaza el banco, la comisaría, la municipalidad y la iglesia, al igual que en otros incontables pueblos esparcidos a lo largo y ancho de aquel país. Pero a las afueras de esa población había algo que no se encuentra en las demás, un frigorífico industrial dedicado a la exportación de carne a todas partes del mundo. Desde hacía poco el frigorífico exportaba carne también a Israel. Para ello se habían establecido en la ciudad con o sin sus familias al menos diez shojtim, (matarifes encargados de matar al animal según la práctica judía para que la carne sea kasher), venidos en su mayoría de Israel, algunos de Estados Unidos y uno de Argentina. Los habitantes de la ciudad miraban con curiosidad a esos recién llegados, que sobresalían entre la multitud por sus vestimentas negras no muy a tono con el clima veraniego. Uno de ellos, joven y soltero, dejó embarazada a una trabajadora local del frigorífico y se escapó de vuelta a Israel, pero esa es otra historia.

Los viernes antes de shabat, algunos shojtim acostumbraban salir a caminar por el pueblo. En una ocasión a uno casi lo atropella un auto, estaba llegando a la plaza y cruzó la calle sin notar que el semáforo estaba en rojo. El auto frenó justo a tiempo, apenas a unos escasos centímetros del judío. Antes que éste alcanzara a reaccionar y dar gracias a Dios por haberse salvado, el conductor se bajó del auto, y visiblemente furioso por la imprudencia del peatón: comenzó a insultarlo en idish. Luego de descargarle toda la cuantiosa y colorida variedad de injurias que el idioma idish tiene para ofrecer, el desconocido volvió al auto y siguió su camino.

Eso es el pueblo judío, le digo al rabino, ese sentimiento de sorpresa que te invade cuando te encuentras con otro judío que te insulta en idish allí donde menos te lo esperas. Antes de que llegaran los shojtim – explico – ya había en el pueblo dos familias judías no religiosas, el conductor desconocido no era otro que mi querido padre.

Años más tarde le cuento ese mismo relato a un amigo que conocí en el ejército y me entero que es hijo del shojet argentino de la ciudad de mi padre, pero esa es otra historia.


Iom Hatzmaut Sameaj. Feliz Día de la Independencia. Si van a celebrarlo con el tradicional "al haesh" (asado), compren carne importada de Uruguay.

jueves, 11 de febrero de 2010

De acentos y de afectos

Las personas con las que aquí suelo hablar en español viven en Israel desde hace años y dominan el hebreo, así que naturalmente hablamos mezclado, la mayor parte del vocabulario en español con más o menos un 5 a 10% de hebreo (depende con quién). Cuando hablo en español con alguien que no sabe hebreo, tengo que realizar un pequeño esfuerzo para que no se me escapen esas palabras hebreas que ya me son tan naturales. Pasa lo mismo con todos los inmigrantes, quién no ha escuchado en el ómnibus una conversación en ruso o algún otro idioma ignorado, suena como un mar de verborragia ininteligible, no se entiende ni una sola palabra hasta que asoman como islas "tajana merkazit" (estación central), "ulai" (tal vez), "ma pitom" (cómo así), la muletilla "keilu" y el intraducible e imprescindible "stam". En otra época también era frecuente el "jefetz jashud" (objeto sospechoso), pero felizmente hace tiempo que la amenaza de los atentados con explosivos ya no es tan cotidiana.

No sólo absorvemos nuevas palabras, sino también nuevos acentos. No se me ha pegado el chistoso acento israelí al pronunciar mi lengua madre, pero sí el de mis amigos hispanoparlantes de otras regiones, concretamente de la República Argentina, la ciudad de Buenos Aires para más detalles. Cuando estuve en Uruguay mis amigos me tomaban el pelo merecidamente diciéndome que hablaba como porteño. Qué bochorno.

Me causa un nostálgico y agridulce placer escuchar el español hablado por uruguayos cuyo acento y cuyos modismos no hayan sido "contaminados" con los de otras partes, mejor todavía si no saben ni una sola palabra de hebreo. Es como escuchar cantar a Jaime Ross o al Negro Rada. Ya ni me hace falta que canten, cuando te alejas lo suficiente aprendes a disfrutar la melodía del hablar más simple.




Ahora estoy también en twitter. Como decía el Chapulín, síganme los buenos.

viernes, 30 de octubre de 2009

Final destination

Taxi hasta la estación del tren Beer-Sheva centro. Tren hasta la ciudad de Lod. Fuera de la estación me para la policía, comprueba que no cargo narcóticos en mis maletas y me deja continuar. Taxi hasta el Aeropuerto Interancional Ben-Gurión de Tel Aviv (en aquel entonces la línea ferroviaria que llega directo hasta el aeropuerto aún no estaba terminada). En la entrada me detiene el personal de seguridad del aeropuerto y comprueba que no llevo explosivos. Vuelo de El-Al a Barcelona. Vuelo de Iberia al Aeropuerto de Barajas, Madrid. Cambio de avión, vuelo de Iberia al Aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires (en esa fecha no quedaban lugares disponibles en los vuelos de Madrid a Montevideo). Remís Manuel Tienda León hasta el puerto de Buenos Aires. Barco Buquebús hasta Colonia del Sacramento, República Oriental del Uruguay. Abordo del barco me compro un sandwich de salame y queso cuyo glorioso sabor casi me hace llorar de la emoción, salame de verdad y no esa imitación trucha hecha de pavo que se vende en Israel.

Ómnibus hasta la Terminal Tres Cruces, Montevideo. Allí me espera mi amigo Diego con su automóvil, luego del emotivo reencuentro me pregunta si quiero ir a descansar y dejar las maletas. Rápidamente lo saco de su error, primero lo primero, en auto a La Pasiva de Rivera y Soca.

Más de 24 horas de viaje por tierra, aire y mar. Destino final: chivito canadiense al pan.

Como el de la foto, pero con más muzarela y sin morrón. Imagen tomada del blog Se hace camino al andar.

Este post va dedicado a JFK. Buen viaje y buen provecho.