Algunos entienden al sionismo como una continuación de los colonialismos europeos, los sionistas somos lo que fueron los británicos en la India, los franceses en Argelia, o peor aún: los españoles en el continente americano. Es decir, los judíos llegamos desde el exterior y nos asentamos en la región para someter a sus pobladores nativos, los palestinos. Para sostener dicho paralelismo es necesario soslayar deliberadamente muchísimos elementos del contexto histórico, por poner sólo un ejemplo: el judaísmo es una cultura originaria de esta zona, mientras que el islam fue una cultura foránea que se impuso por la fuerza al igual que el catolicismo en América. Aún así, la dicotomía absoluta del extranjero opresor versus el aborigen despojado, está arraigada en el imaginario popular de tal manera que hace difícil distinguir entre un palestino, un indio americano y un
na'vi de Pandora.
Por eso al ver semejantes esculturas me quedé pensando: qué ocurriría si colocáramos en la Rambla de Tel Aviv (la tayelet), un gran monumento que incluyera una estatua de un palestino arrodillado admirando a un soldado israelí y otra de un palestino besando una Estrella de David e inclinado ante un rabino. ¿Qué dirían los visitantes europeos si lo presentáramos como uno de los principales íconos emblemáticos de la ciudad? ¿Posarían a su lado para la foto y seguirían de largo? ¿Pagarían los dos euros y medio para entrar al monumento y subir al mirador? ¿Exigirían que sea derribado o al menos que esas dos estatuas sean reemplazadas? ¿Duraría 122 años sin que a nadie parezca perturbarle?
Con ustedes, el
Monumento a Colón en Barcelona visto de cerca:


y desde un poco más lejos: