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sábado, 12 de diciembre de 2009

Suiza seléucida

Ayer a la tarde comenzó la fiesta de Jánuca. Se celebra la victoria de la revuelta macabea ante el Imperio Griego-Seléucida de Antíoco IV en el 164 a.c. Tres años antes, el rey Antíoco había decretado una serie de leyes contra la práctica del judaísmo: prohibió la circuncisión, obligó a los judíos a comer alimentos no kasher y convirtió el Templo de Jerusalén en un templo pagano. Esa nueva legislación no tenía precedentes en la historia griega, los helenos profesaban una fe politeista y tolerante, no se conoce otros casos en los que hayan intentado impornerla a otros pueblos. No se sabe qué llevó al monarca seléucida a adoptar esas medidas tan inusuales.

Aprovecho la oportunidad para expresar mi repudio hacia otro acto de intolerancia religiosa más reciente: el voto de los ciudadanos suizos a favor de prohibir la construcción de minaretes en las mezquitas de su país. Que el lector me corrija si me equivoco, pero hasta donde sé, esta medida tampoco tiene antecedentes en Europa, al menos desde que en la Edad Media se prohibiera construir mezquitas y sinagogas cuya altura superase a las iglesias. Aquello de la neutralidad siempre fue un cuento suizo que no merece demasiado crédito, y aún así, no deja de sorprenderme que sea justamente Suiza quien tome tan claro partido a favor de la xenofobia y el oscurantismo. Puedo entender el miedo y la preocupación de los suizos ante la expansión del Islam en el continente, que inevitablemente arrastra consigo también a un sector fundamentalista, minoritario pero altamente inflamable. Sin embargo, limitando la libertad de culto, se adelantan ellos mismos a los fundamentalistas en su carrera de retroceso a los tiempos medievales. Una medida muy efectiva: jodamos a todos los musulmanes, pero las cuentas bancarias de los terroristas islámicos que nadie las toque.

Hay quienes insisten en que no se trata de un atentado a la libertad religiosa, puesto que los minaretes no son parte integral de la casa de culto, sólo sirven para indicar desde lejos su ubicación. Claro que a nadie se le ocurriría prohibir la construcción de campanarios en la iglesias con esta misma argumentación. O tal vez sí, les propongo a los suizos un antídoto infalible contra los peligros de la religión, derribar minaretes y campanarios y sustituirlos por otras bellezas arquitectónicas de la misma altura pero de mayor utilidad espiritual:

Para que todos sepan dónde rezar. Ya lo decía Marx:
la religión es la hamburguesa de los pueblos.


Jag Sameaj leculam. Feliz fiesta para todos.

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